La fábrica emocional de Pierre Michon

Si comparamos el primer plano de Pierre Michon sacado del archivo Galimard que ilustra la solapa de Vidas minúsculas (Anagrama, 2002) con el Pierre Michon actual retratado por Jean-Luc Bertini en la portada de Llega el rey cuando quiere (WunderKammer, 2018), se puede constatar que ha pasado algo más que el tiempo. Toda su producción literaria transcurre entre ambas fotografías. Como un personaje de Conrad, la exploración literaria de Michon tiene un origen comunitario, de aspecto reconocible (febril mirada de miope tras unas gafas muy de época, como a americana), para avanzar río arriba hacia el despojamiento: «La voluntad de reconciliación con el mundo que rige la escritura no equivale nunca al extremado retiro de quien se ha colocado en la situación de escribir. Esa mima práctica (escribir, pintar) que apunta a la reconciliación con el mundo es una práctica de retiro, de ruptura».

Esa exploración la ha llevado a cabo Pierre Michon (Cards, 1945) desde el mínimo vital de la novela, «lo que le basta», es decir, desde la renuncia al texto grande, desde luego más largo, más libre, pero con la carga de lo que no es esencial. El texto breve es esencial para Michon, porque es el lugar de la estricta evidencia y de la prolongada resonancia. La lectura de una novela es fragmentada, puede durar semanas, y esa excesiva libertad de la lectura le provoca a Michon una imprecisa frustración: «Hablando en plata, el relato breve permite llevar de las riendas al lector, impedirle una lectura plural, privarlo de libertad y encantarlo en la primera acepción de ese verbo. Si entra en el juego, si se deja atrapar, creo que puede sacar de ello u agrado más embriagador, más arcaico». Arriesgarse así solo permite el fracaso la mayor parte de las veces o la maravilla de cincuenta páginas que caen de pie. «La mínima nota desafinada lo lleva todo a la papelera. Para lo breve no hay rescate posible».

Su producción literaria abarca Rimbaud, el hijo (Anagrama, 2001), Vidas minúsculas (Anagrama, 2002), Señores y sirvientes (Anagrama, 2004), Cuerpos del rey (Anagrama, 2006), Mitologías de invierno (Alfabia, 2009), Los Once (Anagrama, 2010), Abades (Alfabia, 2010)y El origen del mundo (Anagrama, 2012).Te caben todos en un bolsillo. Escribe cada uno de sus relatos de un tirón: «Son fugas de 30 a 60 páginas que me permiten no perder de vista el íncipit y conducir mi emoción de partida intacta hasta el final». Se acerca por atajos, con las mil astucias de la lateralidad, desde un ángulo de ataque lateral adecuado: «Puedo decir que funciona cuando el tema me emborracha, cuando me enamoro de él». Su literatura está profundamente vinculada a la pintura porque la primera debe emparentarse más con la emoción que con la interpretación, «una emoción que debe ser atinada, es decir, muy abierta y que no tenga que ver con la espontaneidad, eso por descontado…»

Michon, hijo de una maestra rural y un padre militar que se fue de casa sin dejar rastro, escribe su primer libro como “un dispositivo colocado frente a un espejo”. Tras una infancia plagada de ausencias, abandonado después al alcohol y a los barbitúricos, ingresado repetidamente en varias clínicas de desintoxicación, busca refugio en la escritura, pero esta tarda en abrirle la puerta. Hasta los 38 años no publica esa pequeña joya de apenas un centenar de páginas titulada Vidas minúsculas, uno de esos libros que circula como una consigna y termina generando una ola de entusiasmo soterrado entre incondicionales adeptos. Desde ese momento, la literatura de Pierre Michon adquiere un sello de identidad muy particular, afianzado en libros sucesivos como Rimbaud el hijo, Señores y sirvientes o Cuerpos del rey. El señuelo de todos ellos será el del biógrafo biografiado a través de la reconstrucción de vidas ajenas. De perfil similar a Claudio Magris o W.G. Sebald, pero con una textura poética de raigambre más barroca, fusiona biografía íntima e historia, pero una historia anónima evocada desde la perspectiva de su presente. Su escritura participa, por tanto, de esa hibridez que define el rumbo de la literatura más reciente.

Michon asume con Rimbaud, su poeta icono, que la existencia sólo se justifica como materia artística. Considera que la auténtica virtud delm hombre de letras es la eterna reactivación de la literatura y la importancia de la emoción poética imprimir cadencia a la lengua. Si en Señores y sirvientes reúne cinco textos dedicados a otros tantos pintores en los que crea una atmósfera en la que juguetean lo acontecido y lo no acontecido, en Cuerpos del rey elabora una ficción más conforme con lo que considera verdadero para trazar en diversos textos el perfil más humano de los escritores que han sido fundamentales en su formación literaria, como es el caso de Beckett, Flaubert, Balzac, Villon, Victor Hugo y, sobre todo, Faulkner.

Llega el rey cuando quiere (WunderKammer, 2018), en traducción con mano exquisita de Teresa Gallego Urrutia, recopila trece conversaciones sobre literatura mantenidas por Pierre Michon con diversas medios franceses especializados. No tiene desperdicio ya desde el prólogo del propio autor. Conversan con él especialistas en su obra que mantienen un guión estricto basado en una lectura continuada, lo que permite al entrevistado sentirse bien atendido y en una atmósfera de buen hacer que dispara su predisposición al trabajo bien hecho, a la generosidad en el esfuerzo hasta el el derroche, tanto en la respuesta larga como en el matiz.

Aplicado a sus escritores más admirados, Michon bucea en el hombre probable que se esconde tras la máscara del texto que lo ha entronizado y consagrado, “y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett […], pero se trata del mismo cuerpo inmortal ataviado con pasajeros andrajos; y hay otro cuerpo mortal, funcional, relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es un rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina; o se llama nada más, y carcelariamente, Samuel Beckett”, escribía en Cuerpos del rey. En el caso del Beckett último y de Faulkner, Michon estudia sus posturas fotográficas en sendos retratos para intentar captar ese algo que en su cuerpo denote la diferencia, la huella de su poder literario. Pero todos los autores a los que se acerca, y por eso lo hace, alcanzan “lo sublime, porque sus novelas engloban el mundo a través de las palabras. Michon, como ya ha dicho Jacinta Cremades, se interroga a partir de sus lecturas sobre esa presencia repentina de la literatura que convierte en “rey” a un escritor.

Pero escribir es hasta cierto punto justificarte sin que nadie te lo pida y eso no deja de tener su lado cómico. En una de las conversaciones más sugerentes de las recopiladas en Llega el rey cuando quiere, realizada por Thierry Bayle y publicada con el título «Pierre Michon, un autor mayúsculo» en Le Magazine Littéraire, nº 53, en abril de 1997, Michon destaca su amor por la literatura, los libros, los autores, «me paso la vida en compañía suya». No obstante, en una zona más honda, todos son susceptibles de provocar risa. «Hay en todo lector una vocecita que por lo bajo le dice a lo que está escrito: ¡anda ya! Lo peor es que en el mismísimo momento en que estoy escribiendo, una vocecita interior me dice de repente: ¡anda ya! Y claro, entonces dejo de escribir, me callo». Así funciona esto, por tajadas breves de iluminación. Todo lo demás es superfluo, pero nunca es fácil callar a tiempo.