Seguramente Ricardo Menéndez Salmón sea el escritor con el que más veces he hablado de sus libros. Conversaciones públicas que se han plasmado en revistas, ediciones digitales, Instagram, o que se las ha llevado el viento en librerías y centros culturales, a veces ante veinte personas y a veces ante un centenar. No ha sido fruto de la casualidad, sino de un profundo afecto mutuo y de una empatía grácil, riente. Esas conversaciones no han sido preparadas por mi parte desde la devoción, porque la devoción es acrítica, sino desde una curiosidad generada por la inquietud de saber de primera mano qué paso da cada nuevo libro suyo y por la necesidad de compartir una parte del esfuerzo que ese recorrido supone en busca de una verdad, porque su poética se escapa a las coordenadas habituales que la crítica ha consagrado y a las que mayoritariamente se ha rendido.

Desde sus primeros libros, incluso antes de aterrizar con buen pie en Seix Barral con la celebrada La ofensa (2007), su narrativa viene siendo una investigación febril de los síntomas que predicen una de las enfermedades de nuestra época, la del ser humano y sus contradicciones en un mundo donde conviven el genio y la estupidez con absoluta naturalidad y, a menudo, en la misma persona. Una investigación, decía, febril, por ser a la vez poética y portar un mensaje filosófico sobre el mundo que nos ha tocado vivir, un mundo maravilloso y absurdo a partes iguales, un mundo donde la anomia, la ausencia de un sentido existencial y de unas normas éticas que rijan nuestras vidas, convive con la búsqueda de la espectacularidad y la necesidad de reconocimiento a toda costa, con la obsesión por la exposición permanente. Ricardo Menéndez Salmón ha mantenido desde el principio una coherencia que no admite negociaciones con nada que no sea su programa de ruta en la sensación de extrañeza que el mundo contemporáneo provoca. Un mundo en el que el individuo puede ser perverso sin dejar de ser bondadoso. Admirarse por la ciencia y el arte y, a la vez, sentir la tentación de un nihilismo devastador.

Licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo, ha dejado patente desde su primer título, La filosofía en invierno (KRK, 1999; 2007), que la clave radica en cómo decir el mundo, un asunto de perspectivas, de dar con la hermenéutica adecuada para interpretar cuanto sucede. Pero la filosofía es un saber tan maltratado que se utiliza como insulto, como prevención e incluso como argumento para debilitar el poder de la narrativa. Desde dentro del propio sistema cultural, cada vez se reconoce de mejor grado que el esfuerzo no merece la pena y que incluso puede ser un lastre para la lectura.

Desde hace un tiempo, todo sucede de una forma tan veloz, tan urgente, tan plástica, que es como si el propio lenguaje hubiera perdido adherencia. De ahí proviene posiblemente la desconfianza que se experimenta hacia la novela como instrumento de diagnóstico de la realidad. No de la ficción, porque ahí está el auge de las series visionadas en las nuevas plataformas, sino de la novela. Es una cuestión de lenguaje y esa desconfianza en él genera indefensión ante un futuro que cada vez parece más inminente. Estamos sobrevolando ya el perímetro de Horda, la nueva novela de Menéndez Salmón.

Horda nace en el mismo terrario que El sistema (Premio Biblioteca Breve, Seix Barral, 2016) y Homo Lubitz (Seix Barral, 2018) por su aparente paisaje distópico. Desde finales del siglo XX vivimos una progresiva aceleración con secuelas evidentes en el debilitamiento del humanismo, por lo que estos tres libros no plantean tanto una parábola política o una distopía tecnológica como un mundo verosímil que ya empieza a ser un poco el nuestro. Basta aumentar la lente para distorsionar levemente lo que somos hoy, camino de una evolución inquietante de la violencia globalizada de un sistema en el que se radicaliza el capitalismo y el control ciudadano por parte del poder. Decía el autor hace tiempo que solamente desde la trinchera del malestar se pueden hacer cosas que merezcan la pena. Y así es, Horda está mascada en esa trinchera.

Malestar, en este caso, con la deriva del lenguaje. Menéndez Salmón imagina en Horda un mundo que ha instaurado el silencio como norma. Una involución. La historia de la humanidad puede que no sea un progreso lineal ascendente y esté sometida a la intemperie, a las corrientes de aire que nos dejen nuestros actos y nuestras omisiones. La novela describe una sociedad en la que son los niños, cansados de la banalización que los adultos han hecho de la palabra, quienes, con la crueldad hierática que puede alcanzar un niño, deciden emprender una revolución parapetados en la tecnología y terminar convertidos en una policía del pensamiento. Plantea Salmón, por tanto, «una inversión de la flecha biológica del poder», como él mismo ha comentado, al considerar a los niños las primeras víctimas de un uso cada vez más interesado, inane y perverso del lenguaje por parte de los adultos. Lo explica desde su propia rebeldía una mujer en la parte central del relato: «Porque la palabra ya no dice nada a nadie. Música sin eco. Flecha detenida en el aire. Sed en la sed. El argumento para la prohibición tuvo que ser por fuerza su mal uso. Para qué servía la palabra entonces, en aquel remoto esplendor. Para nada. Prostituida. Desvirtuada. Degradada. Para qué seguir permitiendo su empleo si cada palabra pronunciada era máscara, humo fantasma». Por eso los niños concertaron la alianza al sufrir más que nadie la práctica bastarda de sus mayores. Un mundo callado pone en cuarentena cierto tipo de actos: «El miedo disciplina a los impostores», se lee más adelante. Una revolución de semejante calado solamente está al alcance de quienes se aventuran sin cálculo, sin mira atrás, sin pasado: «Derogar la palabra tuvo que ser la mayor aventura humana. Tan inmensa como la invención de la escritura; tan misteriosa como el descubrimiento del fuego. Una civilización inversa…», continúa la mujer rebelde, portadora de un libro.

Si el lenguaje es lo que nos distingue como humanos, su prohibición nos deshumaniza, nos convierte en un pueblo sin narradores, sin oyentes. Comenta un taxista en Grand Hotel Europa, la última novela del neerlandés Ilja Leonard Pfeijffer, que la vida es más llevadera si nos contamos historias. Sin historias, la vida no tiene significado, pierde sentido. Necesitamos estructurar la vida en pequeñas historias con trama, porque la trama de una historia reduce a la medida humana el insoportable e inabarcable caos del mundo, y lo transforma en una sucesión de actos y consecuencias comprensible para nosotros. La trama de una historia nos da una idea de control sobre nuestro origen y nuestro destino, nos permite determinar de dónde venimos y a dónde vamos. Nos proporciona un «nosotros», pero su aniquilamiento nos convierte en espectadores pasivos, en seres anestesiados, sordos y mudos, incapaces de hacer otra cosa que observar y dejarse llevar.

Sin embargo, algo sucede en esta involución planteada en Horda, surge una grieta en el muro de cristal líquido que impone la imagen, su saturación plana e inmediata. Una grieta por la que se cuela el pasado: los libros. La palabra vive en ellos sin necesidad de ser pronunciada y, por ello, el acto de leer inicia una cadena silenciosa de seres humanos con una marca en los labios, la marca del réprobo: «Me refiero a los reidores. Me refiero a los que hemos sobrevivido en la educación de la palabra a través de los libros, a través de la risa», dice la mujer lectora, una riente. Porque los niños ganaron el mundo al prohibir las palabras, pero perdieron la alegría.

Estructurado en tres partes, «Antes», «durante» y «después», el relato de esta historia luminosa despliega una peripecia que dote de sentido al ideal expuesto por la mujer lectora en la parte central. Un relato que testimonia el declive y la agonía de un mundo en el que la intimidad se convierte en un concepto intrascendente, pero en el que, a falta de libros de historia, una vieja fotografía, un libro y el casco partido de un barco arrumbado con la quilla apuntando al cielo son una muestra tangible de que algo distinto a lo actual existió, un tiempo alternativo. Como un bumerán, como un hueso lanzado al aire, la vida cae a partir de cierto punto. Será el mono quien ascienda la escollera hacia la hembra y será la hembra de nuevo quien sepa que es tiempo de volver a empezar.

Horda

Ricardo Menéndez Salmón

Seix Barral, 2021

128 páginas